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Así se disfruta el fútbol sin verlo ni oírlo

Imagine que es domingo en la tarde, casi de noche. Que entra al estadio, busca su silla y se prepara para disfrutar del partido de fútbol. Es la primera jornada de la Liga 2017-II: Tigres recibe al Once Caldas. Bismark Santiago hace sonar el pito y el balón rueda en el estadio Metropolitano de Techo, en Bogotá (Colombia). En medio del frío bogotano y en la tribuna occidental, un hombre le da la espalda a la cancha. Es José Richard Gallego. Es el único. Todos gritan, cantan y agitan sus banderas.

Otro hombre toma las manos de José Richard. Parecen uno solo. No se sueltan ni por un segundo. Existe una extraña conexión. Eso, en realidad, es la foto de un encuentro entre un hincha que no ve ni escucha y que gracias a la ayuda de César Daza, puede ir al estadio y vivir la pasión del deporte más querido del mundo.

Cuando José Richard nació, hace 36 años, su mamá empezó a notar que su capacidad de escucha era muy baja y con el pasar del tiempo disminuía. Cuando cumplió nueve años quedó completamente sordo y a los 15 perdió la visión. A pesar de eso, sus sueños y su pasión por el deporte rey siguen intactos.

El fútbol une a millones de personas alrededor del mundo y no es la excepción para José Richard, quien nunca se ha negado a alentar a su equipo del alma, Millonarios. Es hincha del club embajador porque dice que siempre le ha gustado el azul y que es el color que más recuerda de la época en que sí podía ver.

Aunque los partidos siempre se transmitían por televisión y a veces encontraba quien le interpretara el juego, él no se sentía del todo completo, hacía falta ir y sentir cara a cara las sensaciones de estar en el estadio, de gritar los goles, de sentir el calor de los hinchas y gracias a César Daza, intérprete de personas con discapacidad auditiva, José Richard puede hacerlo.

Al observar una conversación entre ellos se respira una conexión profunda, como si uno fuera el complemento del otro: no hacen falta la visión ni la capacidad de escucha de José Richard, porque las manos de César pueden explicar más y contribuyen a la imaginación de un mundo de perspectivas que enriquecen los momentos que comparten desde hace dos años.

José Richard es una de las 1’255.626 personas con discapacidad visual y una de las 138.137 con discapacidad auditiva, según datos del INCI (Instituto Nacional para Ciegos) y el Insor (Instituto Nacional para Sordos) en Colombia, respectivamente.

En medio de una de las tantas charlas que han tenido se dieron cuenta de que los une algo más que la capacidad de entenderse y la disposición para servirles a los demás: el fútbol. No comparten la pasión por el mismo equipo. Paradójicamente César es hincha de Santa Fe, pero no existe ningún tipo de rivalidad entre ellos.

César acostumbraba a ir a ver jugar al rojo de su alma, al primer campeón de Colombia, el Club Independiente Santa Fe. Eso cambió, “llegó un momento en que me parecía increíble ver que dentro de una tribuna se estuvieran haciendo daño y decidí no volver”, dijo con un tono de decepción en una entrevista que le concedió a El Espectador. José Richard considera que “es normal estar en contra de los equipos. Pero no deberían matarse entre ellos. La idea debe ser celebrar de una manera diferente, con respeto”.

Pasaron 36 años hasta que José Richard logró pisar un estadio, donde no importa nada más que alentar, gritar y sobre todo acompañar, sin tener en cuenta el resultado, al equipo que se lleva en la sangre. Muchos dicen que es solo un deporte, pero la pasión con la que este hincha manifiesta su amor por el fútbol, vuelve a demostrar lo contrario.

El pasado 9 de julio llegó el tan anhelado día para José Richard y César estaba ahí para ayudarlo. “Me invitó Diego Gómez, jugador de Tigres y que también es amigo mío. Fue increíble poder sentir que Tigres se quedó con el triunfo ante el Once Caldas y que yo estuve ahí para acompañarlos”, expresó José Richard, como si se hubiera transportado al momento en que el equipo local hizo el gol que le dio la victoria ese frío domingo.

Para más información consultar fuente original El Espectador

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